Cuando hablamos de una casualidad pensamos en un hecho aislado, una coincidencia efímera. Pero cuando esa casualidad se repite, deja de ser un accidente y se convierte en un patrón. El número siete es el ejemplo más enigmático de esta repetición. A lo largo de la historia este número ha sido considerado sagrado, místico, cargado de simbolismo, y aparece ligado de una manera u otra a nuestra vida cotidiana. En la naturaleza son siete los colores del arcoíris, siete las fases principales de la luna, siete los continentes. En la cultura y el arte, siete notas musicales, siete maravillas del mundo antiguo y moderno, siete artes clásicas. En religión y espiritualidad, siete días de la creación en la Biblia, siete chakras en el hinduismo y budismo, siete sacramentos en el cristianismo, más los siete pecados capitales, las siete virtudes y las siete plagas de Egipto.
Pero detrás de su rostro luminoso, el siete también guarda un lado sombrío: lo emparenta con la arquitectura del confinamiento, un domo invisible que mantiene a la humanidad en una prisión sensorial. ¿Crees que eres libre? los antiguos ya advertían que no.
En el Apócrifo de Juan describe como, el Demiurgo Yaldabaoth surge de la caída de Sophia y, creyéndose único dios, crea el mundo material. Para sostener su dominio, organiza siete cielos superpuestos y coloca en cada uno a un arconte que gobierna y vigila. Estos guardianes mantienen a las almas atrapadas en la ilusión del cosmos. El número siete simboliza la totalidad de su poder, pero también la prisión espiritual que separa al ser humano de la verdadera divinidad.
El Corán ratifica estas siete capas en varios pasajes, como el Surah Al-Baqara (2:29): “Él es Quien creó para ustedes todo cuanto hay en la Tierra, luego se volvió hacia el cielo e hizo de estos, siete cielos; Él conoce todas las cosas.”
En el Zohar, los sabios hebreos describen siete tierras superpuestas y paralelamente siete cielos, reflejo de la estructura del cosmos. Mucho más atrás, en las tablillas sumerias —como la pieza AO 8196 del Louvre— se afirma: “siete son los cielos, siete son las tierras, siete los dioses que gobiernan la totalidad, siete los niveles del abismo”. El universo aparece organizado en estratos, donde el siete marca plenitud y orden, pero también límite y separación. Estas capas actúan como un atenuador de vibraciones, sumiendo al ser humano en una masa energética fácil de manipular, impidiendo que su origen divino destruya las barreras.
No es casualidad: es un patrón que se repite en la naturaleza, en la cultura, en la religión. El siete nos rodea como un eco eterno, plenitud y prisión a la vez. Si te quedan dudas, observa: piel, grasa, fascia, músculo, peritoneo, útero y líquido amniótico, “coincidentemente” siete capas que separan al feto del mundo exterior. Carl Sagan dijo: “Un universo ideal para nosotros es muy parecido al que habitamos, con casualidades que no son tales, sino la consecuencia inevitable de leyes profundas.”
Quizá el siete no sea casualidad, sino la pista secreta que el Pleroma nos entrega, recordándonos que la libertad es apenas un espejismo dentro del domo.


