Tormentas profanas

Tormentas profanas

En la mitología griega, Zeus era el dios que dominaba los cielos, capaz de lanzar rayos y tormentas para imponer su voluntad en el Olimpo. Cuando su poder sobre el clima desataba desastres meteorológicos sobre la tierra, los mortales lo interpretaban como un castigo, quedando expuesta la fragilidad humana frente a las fuerzas naturales. 
Hoy, más allá de los mitos, las catástrofes climáticas son una realidad palpable: huracanes cada vez más intensos, inundaciones devastadoras y olas de calor que baten récords históricos. Estos eventos reflejan el impacto del cambio climático global, un fenómeno que ya no se puede atribuir a dioses mitológicos, pero quizás atribuibles a otro tipo de poder.
El Proyecto HAARP (High-frequency Active Auroral Research Program) comenzó oficialmente en 1993, en Gakona, Alaska, 180 antenas distribuidas en más de 13 hectáreas capaces de irradiar hasta 3,6 megavatios hacia la ionósfera. El proyecto fue impulsado por la Fuerza Aérea y la Marina de los Estados Unidos. El objetivo declarado es investigar cómo las ondas de radio interactúan con partículas cargadas en la ionósfera para mejorar comunicaciones, navegación satelital y estudiar el “clima espacial”. Sin embargo, las crónicas veladas de la web primigenia de esos años, sostenían que, cada vez que estas antenas se encendían, el clima cambiaba o algún fenómeno meteorológico grave sucedía en otro lugar del mundo.
El cambio climático empezó a ser reconocido como un problema global en la segunda mitad del siglo XX, pero el año 1992–1993 marcó un hito clave, coincidentemente con el inicio del proyecto:
• 1992: se celebró la Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro, organizada por Naciones Unidas, donde se firmó la Convención Marco sobre el Cambio Climático (CMNUCC). Fue el primer gran acuerdo internacional que reconoció oficialmente la necesidad de actuar frente al calentamiento global.
• 1993: la Convención entró en vigor y los países comenzaron a reunirse en las llamadas COP (Conferencias de las Partes) para discutir medidas concretas.
Estos encuentros marcaron un giro político y económico mundial, se reconoció la necesidad de reducir emisiones y proteger la biodiversidad, se planteó la cooperación entre países desarrollados y en desarrollo, y se impulsó la Agenda 21 como plan de acción hacia la sostenibilidad. Desde entonces, sectores como la energía, la agricultura y el transporte comenzaron a transformarse, sentando las bases de los futuros mercados de carbono y de una nueva forma de concebir el desarrollo.
Quizás el lector distraído pudiera creer  que estas fechas son mera coincidencia y que las conjeturas son un mero relato conspiranoico “el clima no puede cambiarse a voluntad”, pero una vez más se equivoca. 
En Argentina, un ingeniero llamado Juan Baigorri Velar se convirtió en leyenda durante las décadas de 1930 y 1940 por su supuesta capacidad de manipular el clima, específicamente “hacer llover”. 
Su historia comienza también con un aparato electromagnético igual que el proyecto Haarp , pero a diferencia de aquel ,este  cabía en una valija de cuero grande. Nunca reveló detalles técnicos, pero aseguraba que podía atraer precipitaciones en zonas castigadas por la sequía.
Su primera aparición fue en San Juan, en 1938, cuando la región atravesaba una sequía prolongada. Baigorri instaló su aparato y, según los diarios locales, a las pocas horas comenzaron a formarse nubes que derivaron en lluvias intensas. El episodio consolidó su fama inicial, convirtiéndolo en una figura popular entre los productores rurales. 
El Servicio Meteorológico había asegurado que era un charlatán y Baigorri, molesto por el escepticismo, predijo que el 3 de junio de 1939 haría llover en Buenos Aires, a pesar de que el servicio meteorológico indicaba lo contrario. 
En forma de chanza  advirtió públicamente a los funcionario del gobierno y a los meteorólogos oficiales en Buenos Aires, que no se olvidaran el paraguas para esa mañana.
El día llegó, Baigorri encendió su máquina y la lluvia cayó sobre Buenos Aires, convirtiéndose así en noticia nacional .
Tras la fama inicial a los pocos años, como tantos otros genios , se cansó de la exposición mediática y volvió a su vida privada. En los años 50 fue convocado nuevamente por el gobierno para usar su máquina en zonas de sequía.
En  1972 falleció en Buenos Aires , a los 81 años,  fue sepultado en el Cementerio de la Chacarita y con él ,todos los secretos de su invento.
Baigorri y HAARP son reflejos distintos de una misma obsesión, controlar lo que creemos incontrolable. 
El cielo ya no es un territorio sagrado que nos recuerda nuestra fragilidad al retumbar de un relámpago; es un tablero donde poderes aún más egoístas que los Zeus deciden, para unos pocos, el destino climatológico de la Tierra.

Autor: Juan Pablo Quintanal
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